El secreto de la botánica

Autor: Rodolfo Geiser - Data: 19/10/2018

EL SECRETO DE LA BOTÁNICA
Rodolfo Geiser
I.-

El mundo de las plantas en la naturaleza siempre me encantó y me dejó fascinado. Desde niño, a los 3, 4, 5 años. Y de alguna manera, persiste hasta hoy, décadas después.
Las hojas de las plantas, sus infinitas variaciones en forma, dimensión y disposición de acuerdo com la especie vegetal. Las de formas sencillas, ovaladas, las en forma de lanza, aquellas con diseños recortados. Las hojas compuestas. Y, en la parte interna de cada hoja, las nervaduras también de los más diferentes tipos. Desde nervaduras paralelas hasta aquellas que van se ramificando como las ramas de un árbol. Y su igualmente diversa coloración. Los infinitos tonos de verde. Claros y oscuros. Algunos amarillentos, otros rojizos. Todos resaltando las también casi infinitas variaciones en las formas de las hojas. Cada especie de planta con su tipo propio de diseño.


Fig. 1. La extraña similitud entre, arriba, la hoja de eucalipto, y, abajo la pluma de un papagayo pequeño.


Especies de plantas que crecen junto al suelo, en plena exposición a la luz del sol o a la sombra de en el sotobosque de una mata; las diferentes especies en las partes más sombrías tales como helechos, musgos y hongos. Plantas de diversas alturas y plantas que suben sobre las ramas de los árboles, de las lianas, hasta aquellas bromelias que se parecen una piña, pegadas en el alto, y las orquídeas de que todo el mundo habla y las cuales mi padre tenía una pequeña colección en el patio de la casa.
Era un mundo solo mío y que fui descubriendo solo, caminando por los jardines, campos y matas. Fui haciendo mi propia organización de especies y tipos, cuanto a su dimensión y forma de crecimiento: los árboles, los arbustos, las palmeras, los follajes sin tallos y ramas o conforme el diseño de sus hojas: de espadas grandes como maíz o pequeñas como cérped de jardín. Eran descubiertas solo mías, un mundo aparte que a cada día que pasaba se mostraba más amplio.
Siempre fascinado por las plantas, a los 17 años, al eligir una profesión que me proporcionaría la supervivencia financiera, estaba en duda entra la botánica y la ingeniería agronómica. Opté por el ultima, pensando que estar junto a las plantas y cultivarlas sería algo más provechoso para todos que simplemente estudiar y anotar variaciones del reino vegetal. Fui también motivado por mi primer empleo, una especie de ayudante que hacía de todo en la empresa que proyectaba y ejecutaba jardines, y, de esa manera, tenía un sorprendente contacto con la botánica y las plantas.
Con el transcurrir de los años, en la escuela, fui conociendo los grandes estudiosos de botánica en Brasil. A comenzar por von Martius, científico alemán que vino a Brasil en la comitiva de la princesa Leopoldina, que se casaría con Don Pedro I en torno de 1820. Y, más tarde, los botánicos brasileños Frederico Hoehne y João Barbosa Rodrigues. Me quedé admirado con la historia de vida de esas personas, adentrándose en las matas por meses, años, arriesgando sus vidas, lejos de la civilización, simplemente para ver plantas. ¿Qué tipos de hombres podrían ser? ¿Qué es que los movía?

João Barbosa Rodrigues, Nacido en 1842, pasó cerca de 30 de sus 57 años de vida viajando por el Brasil y estudiando la flora. En una época que no había estradas ni vehículos de motor. Se adentró por la Amazonía y produjo una obra monumental titulada Coleção das Palmeiras Brasileiras (Sertum Palmarum Brasiliensium), en la cual describe minuciosamente 389 especies de palmeras, organizadas en 42 géneros, acompañadas de 174 cromolitografías, cada pieza una verdadera obra de arte. Diseñadas con un precisión de detalles que hoy en día no se ve más. ¿De donde venía tanta energia?
En torno de 1960, conocí el botánico Harry Blossfeld, que, durante la Segunda Guerra, en 1941, huyó de Colombia para Brasil, bajando hacia el río Amazonas en un viaje que llevó 15 meses y que le costó la salud. ¿No podría tener un modo más facil?
Y, luego después de mi graduación, en 1965, por invitación de mi compañero del Colegio Dante Alighieri, Claudio Willer, subimos a pie las laderas de las Sierras de Extrema, liderados por el botánico y orquideófilo Anton von Ghillany: barón húngaro radicado en Brasil. Era un hombre delgado, 15 o 20 años más viejo que nosotros, dotado de una energía increíble, y que estaba siempre unos 30 metros más adelante y caminando en zigzag, sierra arriba. No lográbamos alcanzarlo, solo cuando él paraba.
Sin embargo, el personaje más emblemático dentre todos, al menos para mí, fué el profesor Albrecht Tabor, que enseñó botánica en el Colegio Visconde de Porto Seguro, en San Pablo, en las décadas de 1940 a 1970. Lamentablemente no lo conocí, pués estudiaba en otro colegio. Fué el ídolo de muchos de mis primos, amigos y de gran parte de sus alumnos. Se hizo famoso por atraversar el Desierto de Atacama a pie en cuatro días. Murió después de 80 años en Malásia, donde se encontraba estudiando botánica, probablemente asesinado, y su cuerpo nunca fué encontrado.
En esta ocasión, llegué a pensar que todos estes botánicos eran por cierto científicos, pero dotados también de una buena dosis de locura. Locos en un buen sentido, claro. Entre los cuales, yo mismo, talvez inconscientemente, me sentía incluído. No imaginé si podría haber alguna cosa o qué podría haber detrás de eso. Que ese tipo de curiosidad y de vida pudiera encubrir algo más.

II.- Fué solamente ahora, a mediados de 2015, a los 75 años, que aquella pregunta que permaneció dormida en el inconsciente, "¿Podría haber algo más?", emergió nuevamente en mi mente. Y aconteció por acaso.
Me envolví en el estudio de una obra de arte del artista plástica Mira Schendel, relacionandole con la Teoría General de los Sistemas y el Estructuralismo, cuando me recordé de una publicación que compré en 1968, donde tenía un ensayo titulado Filosofia, Música e Botânica - de Rousseau a Lévi-Strauss, escrito por el profesor de filosofía de la USP Bento Prado Junior. Poner botánica en un tripode juntamente a la música y filosofía ciertamente ya es algo instigador, a partir del propio título. Además, fué por este motivo que adquirí la publicación en la ocasión, el hecho de incluir "botánica" al lado de filosofía y música. Leí el texto en el período, pero no me trajo mucha inspiración. Ahora, motivado por otras razones, enfrenté nuevamente el ensayo de profesor Bento. Y sucedió lo que vulgarmente se comenta: me dí cuenta. La botánica tiene sí un algo más. Algo más que es más importante que la propia botánica.
Voy a exponer con mis palabras lo que aprendí con el texto del profesor Bento, a partir de mi experiencia de vida en el pensar y vivir botánica.
El paseo entre plantas, observandolas, distinguiendo las diferencias entre una especie y outra, el contato visual com el reino vegetal, nos abre caminos para la percepción de algo mucho más amplio.
En este camino, el papel de la visión es esencial, pués, sin ella, la comprehensión de las plantas y el proceso que eso desencadena es imposible.
Al visualizar cada planta, cada especie vegetal, el indivíduo nota que existe una especie de organización del reino vegetal que implica la existencia de una orden, anterior a la conciencia humana. Anterior a toda su producción culturalm que independe, por lo tanto, del hombre.

Todo ese aprendizaje y la vivencia de este orden preexistente pueden transformarse en un camino de experiencia espiritual. Esto, independientemente del nivel de conocimiento en botánica que se adquiere y posee. Interesa el proceso. "En el perfil de la planta, así se abre un camino que puede conducir a la verdad de la naturaleza: en el vegetal ninguna fisura separa el ser del aparecer y toda la realidad de la planta se entrega al mirar que la recorre". Y esa pureza en la relación hombre y naturaleza, hombre y planta, lo hace escribir: "... la botánica es más que una forma de conocimiento; ella proporciona el símbolo de la inocencia perdida en la historia de los hombres. Es como si el experimentador de la planta en la naturaleza volviera a los tiempos de Adán y Eva en el Paraíso. Cuando aún no había ocurrido el "pecado original". Es el contacto primordial con la naturaleza, no "contaminado" por la cultura. El contacto que es también con la realidad pura que afecta a cada uno de nosotros. En esta línea de pensamiento, el profesor Bento escribe: "La botánica es menos un conocimiento que una terapia de las pasiones o una ascesis del alma". Ascese que entiendo como "el esfuerzo para la perfección espiritual a través de una constante disciplina de la vida". Es decir, lo que realmente interesa en la botánica, repitiendo, no es el saber botánico, sino el recorrido del camino hacia esa forma de conocimiento.

Para que todo esto ocurra, es necesario la atención a una exigencia: el exilio. En las palabras de Benedicto, para que "la conciencia pueda, así, coincidir en el instante con la visión y para que pueda convertirse en el espejo impersonal de la naturaleza, es necesario el exilio". Es necesario apartarse totalmente de la cultura, de todo aquello creado y pensado por el hombre. Se debe aprender a aislarse en la naturaleza.

Vilém Flusser, en su obra filosófica, trata de ese aspecto de la cultura. La cultura crea velos ante la naturaleza que impiden, en el caso, un contacto original de hombre y planta. No vemos un árbol como naturaleza, sino como un símbolo: el propio nombre con el que la bautizamos; como el pulmón que oxigena el aire; algo que nos da sombra y abrigo (en el sentido de paraguas mismo). Son velos que impiden un contacto directo de hombre y planta como el descrito por Benedicto. Por eso la necesidad de exilio.
Para que la integración con la naturaleza en la vida "salvaje" sea absoluta, no debe quedar ningún vínculo con la civilización, sus imágenes y sus velos. Con los velos, el contacto de hombre y planta es impedido y la conciencia no coincide con la visión y no puede convertirse en el espejo impersonal de la naturaleza. De ahí, repitiendo, el exilio.

Comentario incluido por el autor:
Tal vez hasta de una mata como la que estoy plantando y cultivando aquí en nuestro Parque ..: tratando de captar el "sentido del misterio" de una mata (cultivada).


Fig. 2. En nuestro parque, macizos de bosque cultivados, que nos recuerdan a matas naturales.

III.-
Ante todo eso, lo que llamé al principio de "locura" de los botánicos se transformó en una característica casi lógica, justificando el comportamiento de todos aquellos personajes que mencioné al principio. Lo que los movía, instintivamente, tal vez era la búsqueda de la experiencia espiritual que entrevían en sus acciones y que suministra las fuerzas necesarias para moverlos, enfrentando la soledad, y de alguna manera, cada uno a su modo, una forma de exilio, para vivir la relación hombre y planta en toda su pureza original. Un comportamiento extraño de los botánicos, medio que común a todos, que los estimulaba a enfrentar la naturaleza salvaje para estudiar y ver cómo las plantas estaban (dasein).
Creo que tal vez esas palabras sirven como una señal de alerta y atención para los botánicos principiantes y todos aquellos que vengan a interesarse por las plantas y por la naturaleza. Finalizando, en breves palabras, la música es el proceso inverso de la botánica. Comienza con la cultura. Un artista organiza varios sonidos, creando una música que a su vez alcanza a otros seres humanos. Que la oye y se permite embriagarse por sus sonidos. Tal vez cada uno, embebido a su modo, de acuerdo con su constitución, se eleve a los recónditos más desconocidos de su alma; a otro tipo de realidad. Aquí, el agente promotor de la experiencia no es la visión, sino la audición.

Recuerdo entonces del señor Vicente. Una persona muy simple, siempre serio, orientado hacia el trabajo. Negro. Conocí en la empresa de jardinería donde trabajé a los 17 y 18 años. Fue él quien me enseñó los primeros nombres científicos de especies vegetales, sentado con el sujetapapeles y dibujando jardines. Todas las tardes, salía un poco antes del final del expediente y se dirigía a la TV Record, en la calle Consolação, no lejos de la Avenida Paulista. Allí, él era músico. Una vez, curioso, entré por los pasillos de la TV y lo vi tocando un instrumento en la orquesta: estaba allí un hombre vibrante, expansivo e inmensamente alegre.


Fig. 3. Anton von Ghillany, nuestro amigo barón, no resistía, desaparecía y después lo descubrimos en lo alto de un árbol buscando una orquídea desconocida.


Fig.4. Barón von GHILLANY, a la izquierda, un habitante de las sierras de Extrema, MG y Rodolfo Geiser.

LA HOJA Y LA PENA.
FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA = Invitación para la reflexión: Observen la similitud del diseño entre partes del Reino VEGETAL y del Reino ANIMAL. En el caso, una hoja y la pluma de un ave. Ambas con prácticamente la misma estructura constructiva: un eje central y ramificaciones laterales en un mismo sentido y con ángulo agudo. Ambas con colores más vivos en las partes externas (primera foto) y colores más pálidos en las partes más encubiertas del sol.


LA PREGUNTA QUE QUEDA ES: ¿Qué es lo que esta sorprendente semejanza entre una parte vegetal y otra animal nos está diciendo?


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